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HASTA QUE LLEGÓ SU HORA (C'era una volta il west)

 
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Autor Missatge
FINBAR



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MissatgePublicat: Dv 27 Jul 2007, 16:57    Assumpte: HASTA QUE LLEGÓ SU HORA (C'era una volta il west) Respondre citant

DIRECTOR: Sergio Leone
GUIÓN: Sergio Leone, Dario Argento, Bernardo Bertolucci
MÚSICA: Ennio Morricone
FOTOGRAFÍA: Tonino Delli Colli
INTERPRETES: Henry Fonda, Charles Bronson, Claudia Cardinale, Jason Robards,
AÑO: 1968
DURACIÓN: 165 min.
PAÍS: Italia

Brett McBain, granjero viudo de origen irlandés, vive con sus hijos en una finca levantada sobre el terreno arenoso y desértico del Oeste americano. Allí piensa que será feliz con su segunda y reciente esposa, Jill, que debe llegar desde Nueva Orleans, y a la que prepara un fiesta de bienvenida. Pero antes, una partida de bandoleros acaba con las vidas de Mac y sus hijos. Cuando Jill llega a la hacienda queda impresionada por una matanza que nadie se explica.
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FINBAR



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MissatgePublicat: Dv 27 Jul 2007, 17:33    Assumpte: MAS ALLÁ DEL OESTE, OTRA VEZ EL ESTE Respondre citant

Ya que me he animado a abrir este apartado del forum, durante tanto tiempo con el contador a cero, lo primero que se me ocurre es que no se escribe sobre el western porque no está de moda y, por tanto, no pone. Pero también porque no se quiere saber lo que significa el western. Seguramente ha visto muchas películas del oeste (también llamadas de indios y vaqueros) pero no se ha parado a pensar en la verdad que encierra en sus entrañas. No se. El western existe, pero su naturaleza es difusa, tal vez por eso su rechazo o indiferencia no admite paliativos. Yo mismo he sudado la pana para adentrarme en este territorio, algo mas que salvaje. El western es una manera sencilla de expresar sentimientos en ideas extremadamente complejas. El western es mito que obedece a las reglas de un ritual: el vadeo de un rio por un caravana que se dirige hacia una pradera sin límites; la caza sin cuartel de un hombre por otro; la irrupción de un vaquero sediento en el enrarecido y humeante interior de una cantina; la estampida de las reses enloquecidas por el desencadenamiento de una tempestad; el ataque circular de los indios a las carretas de unos insaciables y míseros colonos que traen de Europa la idea loca de la parcelación de las tierras; la emboscada horizontal de una cuadrilla de guerreros indios a una diligencia desbocada; la gallarda y cautelosa entrada de un forastero en la única calle vertical de una aldea no señalada en ningún mapa; etc. Estos y otros instantes son los necesarios para la identificación del modelo a que se refería Ford al catalogar al western. Son siempre idénticos a sí mismos en lo esencial, repeticiones con aroma litúrgico de los innumerables pasos que configuran el itinerario de esta misa pagana que es el western. Pase y rece.
Así, en plan amplio, me da que las películas del oeste están ligadas a la infancia. Entiéndase Infancia como todas las infancias, es decir, ese tramo épico de la vida en que todo está por alcanzar. Entiendase por películas del oeste ese territorio simbólico de la mente en el que todas la praderas están por cabalgar. No me olvido de los crepúsculos y su tabarra de desconsuelos, pero no se había formado el primer valle de lágrimas en honor de los viejos héroes y ya teníamos nuevos nacimientos, nuevos western que nos han llevado a los bajos fondos de la gran ciudad o al último confín de las galaxias con los mismos impulsos e ilusiones que nos hicieron ver lo que había al otro lado del Missisipi. Pero eso es ya otra conquista. Yo quería hablarle de los primeros western, los de las pistolas rápidas y flechas envenenadas, praderas verdes o polvorientas, los de los primeros ferrocarriles y las antiguas diligencias. Esos western que en la compañía de mi padre daban sentido a las primeras horas del domingo. Por entonces no sabía que era una pasión, y que además era una pasión universal, pero notaba que aquellos inabarcables territorios, que aquellas estrepitosas cabalgadas coincidían con una incipiente imaginación que apuntaba hacia lo grande. Al salir del cine mi padre también estaba satisfecho. Incluso el western del domingo era capaz de hacerle girar un repunte de malhumor laboral de última hora, el lunes ya estaba cerca, hacia un trato mas amable. En fin, que le arreglaba el fin de semana, lo cual no era poca cosa. Nunca me explicaba el por qué de su bienestar. Yo creo que el mismo no lo sabía. Al acabar la peli se encontraba mejor que al entrar y ya estaba. En honor a la verdad he de decir que mi padre era un espectador argumental, y cuando le preguntaba porque le había gustado me contaba lo que había visto, que era mas o menos lo había visto yo. Años mas tarde entendí que todo el éxito de que gozaban los western en esa época tenía que ver con la celebración de una fiesta ritual en la que se oficiaba el reencuentro con la libertad de los grandes espacios. Lo cual daba opción, a quienes andaban tan escasos de la una como de los otros, a cruzar la línea que los puntos sin retorno de ese universo cerrado y consumado dibujan en los secretos mapas de los sueños. Dicho de otra manera para que lo entienda mi padre: las configuraciones imaginarias de vadear un rio a sabiendas que la otra orilla sigue inexplorada o cabalgar a tumba abierta sobre una planicie ilimitada daban la posibilidad de transformar esas fronteras histórico-geográficas en nuevas y cercanas fronteras mentales. Fueron muchas las películas del oeste que vi en compañía de mi padre en esos años. Todas procedían del otro lado del Atlántico y todas daban un visión épica y triunfalista de la construción de la joven república americana. Años mas tarde, también llegué al convencimineto de que una excelente manera de explicar a las nuevas generaciones el origen del actual poder del imperio norteamericano (que es lo mismo que explicar una parte de nuestra vida) es a través de los grandes relatos que representan los buenos western. No me cabe la menor duda de que la conquista del oeste es el punto de arranque de la forma de ser norteamericana, la que le otorga la definitiva distinción del continente europeo, su otra manera de tratar con la violencia ya sea para morir o para enterrar al muerto. Siempre adelante, siempre hacia el oeste. Con las pelis del oeste aprendí que, hablando en propiedad, no hay ninguna certeza, solo hay gente que esta segura, decida en el cumplimiento de su destino. Aprendí el sentido exacto de la palabra libertad. Aprendí de una vez por todas, y para siempre, que la libertad unicamente puede ser individual, que es su mas preciado atributo. Viendo los western de mi infancia aprendí la praxis de su ejecución, sus grandezas y sus miserisas. Todo lo que la libertad puede dar de si fuera del ambito comunal, donde yo había oido hablar de ella. Los norteamericanos se hacen mayores de edad cuando acaban la conquista del oeste. El western, como la iliada y la odisea para los griegos, es el mejor y mas cualificado testimonio de toda esta grandiosa y sangrante epopeya. No se puede entender el funcionamiento de la democracia americana sin prestar atención a ese periodo turbulento y definitivo que ocupa la segunda mitad del siglo XIX.
Cuando tuve edad para poder ir solo al cine las pelis del oeste en las pantallas de mi barrio empezaron a escasear. Al parecer el género ya habia dado todo lo que podían sacarle las grandes productoras, además los tiempos habían cambiado y ya no venía a cuento insistir sobre las aventuras de toda esa pléyade de héroes solitarios, o en caravanas, que buscaban un lugar al sol en algún lugar de las grandes praderas. La tierra que durante siglos ocuparon los indios ya habia sido parcelada, ocupando su lugar en la nueva jurisprudencia norteamericana. Tocaba, por tanto, apropiarse del alma del mundo y Europa, después de su autodestrucción bélica, tampoco tenía muchas mas opciones a las que agarrarse. El hijo yanqui lleno de vigor pragmático y energía renovada volvía a la casa arruinada del padre europeo, paranoico y sempiterno utópico fracasado, para ayudarle, para traspasar todos los viejos muros y penetrar en cada hogar, en cada vida y en cada cerebro. Ademas los norteamericanos, haciendo gala del deslumbrante esplendor de su modernidad y del embate de su tecnología, se habían empeñado en llegar los primeros a la Luna, y Lucas y Spielberg ya estaban imaginando nuevos western para que las nuevas generaciones renovaran la liturgia del aprendizaje de la libertad en las nuevas fronteras que se avecinaban. Así debia ser y yo ya estaba medio resignado, cuando apareció un fenómeno que ningún amante del género se esperaba. Apareció el western europeo, el spagheti-western. ¿Que era eso? ¿Que significaba ese potaje de apellidos italianos y norteamericanos filmando y actuando en los desiertos almerienses? ¿que quería subrayar una música de evocación centroeuropea y mediterranea en un ambiente que nos quería trasportar a las tierras áridas de Arizona o Nuevo México? ¿Era una manera de devolver la mirada al otro la lado del Atlántico ahora que los teniámos encima? El western europeo no es de tonalidades épicas, sino elegíacas y trágicas. Y sobre todo pesimistas. La vida de la frontera vistas desde este lado deviene una amarga vivencia, donde un agresivo instinto de supervivencia alumbra nuevas formas de barbarie. Como ve, todo ello muy europeo. Nada de ir hacia adelante, siempre hacia el oeste, o hacia donde sea a la busca de un mañana luminoso convencidos de que existe. Mas bien el western europeo se asemeja a una especie de agujero negro que absorbe todo lo que se acerca, como en un sumidero siempre hacia el fondo. El western europeo descubre, sin sentimentalismos ni componendas épicas, un oeste decadente, siniestro, casi gótico, azotado por la codicia y la crueldad de sus conquistadores, exacerbando hasta el paroxismo algunos elementos de la realidad histórica como el pillaje y la violencia. Cuesta vislumbrar detrás de esta desapacible metáfora algo que no sea un mundo nihilista, donde la sociedad, ni el individuo poseen valor alguno. Un mundo donde el heroismo carece de significado, así como la búsqueda de perfección, siempre adelante. Cuesta entender, sobre todo, cualquier deseo indómito de cambiar el mundo en que vivimos. Hegel pierde, gana Nietzsche. La cuestión es saber que hacemos con ese ganador que acabó teniendo razón, aunque en el empeño perdió la cordura. Su locura de ayer es hoy nuestro presente.
Talmente sea ese el propósito de Sergio Leone, el mas interesante director de este tipo de cine, al filmar “Hasta que llegó su hora”, su mejor película. Dueño de un bagaje intelectual grecolatino mas la experiencia del cine neorrealista, Leone está convencido de que la verdad artística reside en las profundidades de la naturaleza y del alma de los individuos, apartándose definitivamente de juegos ópticos y de palabras. Fíjese. Estamos ante una concepción espiritual de la naturaleza y de la vida, un cosmos de relaciones al que están subordinadas todas la contingencias y que encierra en su interior todas las manifestaciones de la vida. Leone no reinterpreta al western americano, lo escucha, habla con sus personajes, calla con ellos y siente con todo el conjunto. Dice Leone que su originalidad reside en su manera de sentir, en como se relaciona con ese latido profundo que produce el mito. Intuye que todos los mitos modernos son de naturaleza simbólica y funcional, ya que son demandados por la sociedad, no impuestos por las industrias culturales. Busca, en fin, crear formas cuyo fin sea dilucidar una sensibilidad contemporánea.
“Hasta que llegó su hora” es grandicocuente, enfática y lenta, exagerada y deliciosamente lenta (véase la secuencia del comienzo). Hecha como se deben cocinar los garbanzos y las venganzas, a fuego lento. Le sobran planos y algunos tiempos muertos. No es un obra maestra, pero es que yo tampoco soy un espectador perfecto. Desde lo que nos tiene acostumbrados Hollywood, yo diria que es regresiva, profundamente regresiva, dando pie a que aparezcan los fantasmas del caos y la demencia, lo peor que llevamos dentro. Planta clara al progreso, desvela sus trampas: al mismo tiempo que, en una de las secuencias finales, Harmóniaca y Frank dirimen sus cuentas pendientes sin decir una palabra, unicamente acompañados por la música, al lado un emjambre de hombres, que parecen hormigas, dan forma a lo que parece ser la llegada del ferrocarril. Aunque no lo crea estan preparando el terreno a la dionisiaca escena final en la que oficiara como única diosa Claudia Cardinale (Jill), nueva jefa del cotarro que viene. No hace falta que le diga que la carga poética se la lleva el duelo de esos dos bárbaros de la edad media con el runrun del acero a sus espaldas. Aquí la división entre historia y mito suple a la tradicional de buenos y malos, con que los western tradicionales daban cuenta de tales choques de fuerzas. No es menos importante lo uno que lo otro, no lo ponga en duda. Mucho silencio y la música de Morricone que sustituye a los diálogos. Armonías y contrapuntos. Al final acabo con la sensación, a la vez y por este orden, del desasosiego que se debe tener después haber sobrevivido al abrazo de un gran oso pardo y la plenitud del final de un concierto de ecos wagnerianos. Como expresa algún poeta visual: música y acción a modo de coreografía, conducen al espectador a un saber derivado del trance visionario del autor. Queda dicho. Extinción de un mundo y sus bárbaros, sin que ello quiera decir que lo que viene sea la civilización. Nietzsche, gana Nietzsche. Pierde Hegel. En fin, gana el cine. Y yo me alegro por ello.
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Traducció: Isaac Garcia Abrodos
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